¿Cree que la evaluación tiene hoy el mismo sentido que hace 15 años? 
Yo diría que en aspectos sustanciales sí, pero como en todas las cosas, hay cambios. Y no todos los cambio son mejoras. Algunos nacidos por la evolución del conocimiento y otros impuestos por circunstancias sociales, prescripciones legales, etc.. De todas formas las dinámicas de los procesos de evaluación de los alumnos se mantienen.

¿Por qué?
Porque la evaluación es uno de los ejes que sustenta un sistema de acreditación, meritocrático. ¿Cómo se tiene éxito en el sistema educativo? No tanto por lo que se aprende sino por lo que la evaluación dice que se ha aprendido. Por eso insisto mucho en que una evaluación de naturaleza pobre, genera un proceso de enseñanza y aprendizaje pobre. De las tareas que se pueden hacer hoy en un aula – memorización, repetición, análisis, criterio propio – las más potentes son las últimas. Pero si miramos qué es lo que más se evalúa, es lo primero. 
Se dedica poco tiempo a las tareas más enriquecedoras: analizar, investigar, tener opinión propia, crear, debatir, etc.. 

Quizá no tenemos claro cómo evaluar todo esto. ¿Cómo se evalúa el pensamiento crítico o la creatividad?
Sí, es verdad que no sabemos evaluar competencias complejas. A mi juicio se ha identificado evaluación con medición, así que sí, efectivamente lo que podemos medir es todo aquello “pobre”, aquello que no es enriquecedor. Se suele identificar el número con rigor, o el número con ciencia, y no siempre es así. La pregunta que nos tenemos que hacer no es cómo medir sino cómo evaluar, y evaluar es comprender. Tengo un libro publicado en España que precisamente se titula: La evaluación, un proceso de diálogo, comprensión y mejora que aborda este tema. 

¿Qué conciencia tienen los alumnos de la evaluación?
Yo recuerdo una vez en Chile que les pedí a los alumnos que hiciesen una evaluación de su aprendizaje, que indicaran cuánto habían aprendido, y una de las alumnas me respondió “Claro, como que vamos a saber adivinar qué nota nos pondrá el profesor”. Los alumnos tienen mucha conciencia que en la evaluación hay poder y que el poder lo ejerce el profesor. Esto es muy preocupante. Yo insisto en que los alumnos sean partícipes en la evaluación, en la elaboración de criterios, en la aplicación, etc. de manera que entiendan los porqués. 

¿De qué sirve esto?
Para dos cosas fundamentales. Por una parte, al profesor, le permite poder enseñar de una mejor manera y al alumno le permite saber dónde están los errores, las dificultades o los problemas propios para aprender. Llegados a este punto es muy importante preguntarse, ¿para qué sirve la evaluación? No solamente cómo, sino para qué.

¿Y para qué sirve?
Pues todos los alumnos con los que trabajo afirman que debería servir para analizar, mejorar los procesos de aprendizaje, para revisar la forma en la que enseñamos, pero también coinciden que, en realidad, cuando evalúan sólo miden, clasifican, controlan, jerarquizan, etc.. Nos tenemos que preguntar por qué no coincide aquello real con aquello ideal. Pero con esto, no solo hacemos referencia a las evaluaciones de los alumnos, sino a todas: las evaluaciones de los centros, de los programas, del profesorado, etc.. Tampoco reflexionamos sobre la dimensión ética de las evaluaciones. 

¿A qué se refiere?
Siempre nos interrogamos sobre dimensiones técnicas: cómo ser justos o cómo ser precisos. La dimensión ética es pensar a quién beneficia y a quién perjudica la evaluación, qué valores se refuerzan y qué valores se destruyen.

¿Cómo lo explica esto?
Veamos un ejemplo: en una carrera, en la que la distancia está perfectamente medida, los carriles súper delimitados, el mejor cronómetro de la historia y las normas se han explicado a todos los corredores por igual. Pero cuando miramos a los corredores vemos que uno es cojo, el otro es bizco, el otro lleva los cordones de las playeras atados entre sí… Las evaluaciones son así, las pruebas pueden parecernos muy justas e iguales para todos, pero no todos los alumnos parten de la misma oportunidad. Algunos pueden tener dificultades de aprendizaje, algunos quizá no han podido estudiar porque su familia necesitaba que se ocupara de un hermano pequeño. No solo hablo de handicaps intelectuales, sino también sociales. 

¿Y por qué cree que sucede esto?
La escuela es muy homogeneizadora. Hacemos escuelas iguales para todos, cuando no todos partimos de la misma base. La escuela establece el mismo currículum, en el mismo tiempo y con las mismas formas de evaluar con la pretensión de que aquello sea lo justo. A mí me parece que no es así. Tampoco valoramos la predisposición emocional del alumno hacia el aprendizaje y esto también es importante. El verbo aprender, como el verbo amar, no se pueden conjugar en imperativo. 

¿Cómo podemos conocer esta predisposición?
Observando. Las emociones no son agentes distractores como muchas veces se ha considerado, sino que son facilitadores y condicionantes indispensables. ¡Solo aprende el que quiere! Aprender a palos no funciona. Es tan fácil como preguntar tanto a docentes como a alumnos. A veces es inquietante hacerlo porque afloran sentimientos de angustia, de humillación, de vergüenza, asociados a los procesos de evaluación. No se puede mirar hacia otra parte cuando todo esto sucede. 

Es curioso que siendo algo que está tan a flor de piel no se le dedique más atención. 
¡Claro! ¡El ser humano no solo es cabeza, hay mucho corazón! La escuela ha sido siempre reino de lo cognitivo pero no de lo afectivo. Ahora veo que se están llevando a cabo muchas formaciones sobre educación emocional para profesores, y me parece algo tan básico, que sorprende que sea novedoso.
En los procesos de selección del profesorado se les pregunta cuánto saben de literatura o de matemáticas, pero nunca acerca de su vocaciones o de sus perspectivas, sus inquietudes. 

Totalmente cierto. 
Debemos tener en cuenta, además, que estamos viviendo una en una sociedad que además contradice todos los presupuestos que trabajamos en las escuelas: individualismo, competitividad, obsesión por la eficacia, relativismo moral, etc.. Cuando los niños llegan con las notas a casa, nadie les pregunta si han disfrutado aprendiendo, si creen que lo que han aprendido les ha servido, etc., solo buscamos lo eficaz, lo numérico, lo clasificatorio. 

¿Qué más aconsejaría sobre la formación de los docentes?
Yo creo que los títulos de los docentes deberían tener fecha de caducidad. Parece que una vez te sacas la carrera eres maestro para toda la vida y no debería ser así. Los docentes deberían revalidar aptitudes e ir demostrando periódicamente que saben abordar la educación desde las nuevas realidades y retos que plantea la sociedad. También debemos revertir la despreocupación posterior una vez acaban la formación.

¿A qué se refiere?
Es como si abres una escuela de natación pero no sabes si cuando tus alumnos salen del cole, se ahogan. Debería existir algún mecanismo de conexión con los alumnos para saber cómo les va en su etapa profesional, si lo aprendido les está siendo útil. 

¿Qué opina de los docentes que consideran que han perdido autoridad? 
Los docentes ganan autoridad por el amor con el que enseñan. Nunca se va a ganar autoridad ni respeto imponiendo por ley, utilizando actuaciones coercitivas o punitivas. No tiene ningún sentido. El respeto nace del respeto a la competencia profesional, por la valía. Hay un libro de Michel Crozier que se titula La sociedad no cambia por decreto, pues la escuela tampoco. 
Tiene autoridad aquella fuerza que ayuda a crecer a los que están a su alrededor. Quien machaca, silencia, hastía, humilla, en todo caso conseguirá ser temido, pero no respetado. 

¿Qué relación tiene el reconocimiento social hacia el docente?
El reconocimiento a la tarea sacrificada, humilde, persistente del profesor. Efectivamente, a veces, ni por indicadores muy burdos como el sueldo, o el papel que desempeña en el ámbito social, es suficientemente reconocida. Y tienen un papel muy importante. La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe. La tarea de los docentes debería tener mayor visibilidad y reconocimiento.


Si te ha gustado la entrevista a Miguel Ángel Santos Guerra, no te pierdas la de Elena Martín: “La evaluación hay que llevarla al proceso, no al producto”.

Acerca del autor

Tiching

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Comentarios (1)

  • Mónica Delgado

    ¡Qué buena idea!, “los títulos deberían tener fecha de caducidad”. De ser así, entonces la educación si sería un proceso continuo y nunca acabaría, ¡sería lo máximo!

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