La convivencia intergeneracional: una forma de trabajar la empatía

Carla Martínez

Antigua profesora de inglés, inmigrante, comunicadora y madre de tres hijos bilingües. Actualmente soy mercadóloga y escribo en el blog 'Migrante con ojos de cristal'.

Felizmente, la investigación pedagógica y psicopedagógica ha llegado a un punto en el que la diversidad de inteligencias que un individuo posee, se reconocen y validan. Poco a poco, el paradigma de la inteligencia matemática que prima sobre el resto, se va deslavando y cediendo paso a un reconocimiento del resto de habilidades y potencialidades de los individuos.

Sin embargo, no es fácil abrir el camino a la enseñanza (sobre todo dentro del aula) a habilidades que mucho tiempo se creyeron como algo que se poseía o no de forma innata. Dentro de estas habilidades, y entre las que se consideran como pilares de la inteligencia emocional, se encuentra la empatía.convivencia intergeneracionalSon muchas las estrategias dentro del aula que pueden resultar útiles y válidas para cimentar este tipo de conductas. Evidentemente, resultaría un despropósito pretender que sólo dentro del salón de clases puede lograrse un aprendizaje completo de este tipo de habilidades sin un adecuado refuerzo en casa, pero sí es posible implementar estrategias que incidan positivamente en el proceso.

¿Enseñar empatía?

La idea de enseñar la empatía puede resultar extraña si pensamos en la empatía como un talento innato que se tiene o no. Pero investigaciones más recientes muestran que la empatía es un fenómeno complejo que sí incluye ciertas habilidades que se aprenden. Entre éstas están:

  • La consciencia de lo que sentimos internamente y la habilidad de distinguir los propios sentimientos de los de los demás.
  • Ver las cosas desde la perspectiva del otro (es decir, ponerse en los zapatos del otro).
  • Ser capaz de regular la propia respuesta emotiva ante lo que sucede.

A primera vista estas habilidades parecen muy simples: elementos básicos de las habilidades sociales que adquirimos al crecer de forma casi automática. Pero también es verdad que incluso los adultos podemos tener problemas con este tipo de habilidades. Un ejemplo sería una situación en que una persona se siente incapaz de ayudar a otra que está herida: no porque sienta asco o miedo, sino porque no es capaz de administrar sus propias reacciones ante el dolor y el sufrimiento del otro. La empatía vendría a ser entonces algo que no se maneja en “negro” y “blanco”. Hay grados de empatía y es por ello que tanto en la familia como en el aula es posible reforzar este aprendizaje. ¿Cómo docentes podemos incidir positivamente en este proceso? Aquí algunas claves que pueden resultar útiles:

  1. Hacer caso, poner atención a las necesidades emocionales de un niño (tanto en casa como en la escuela) le permite aprender que las emociones son importantes: las suyas y las de los demás.
  2. Se pueden tomar las experiencias cotidianas dentro del aula para presentar e inducir ideas de reconocimiento de las emociones del otro: cuando hay un compañero enfermo, cuando algún miembro de la clase está pasando por la pérdida de un familiar o simplemente cuando un niño pasa por una situación de estrés.
  3. Ayudar a los niños a descubrir lo que tienen en común con los demás. En este sentido, es interesante exponer a los pequeños a personas con las que aparentemente no tienen “nada” que ver: niños que provengan de otro país, adolescentes, adultos mayores. Y es justo en este detalle del aprendizaje en el aula de la empatía que queremos poner un pequeño acento.

Relaciones intergeneracionales en el aula

El exponer al niño (o a un adolescente) a una situación en que convive con personas diferentes le permite enriquecer mucho sus niveles de empatía, que como veíamos, es uno de los pilares de las habilidades sociales e inteligencia emocional que un adulto debería tener para desenvolverse saludablemente en distintos entornos sociales. Sin embargo, a veces los entornos en el aula están diseñados al contrario: un grupo de pequeños de la misma edad, del mismo barrio, que comparten en cierta medida una historia común.

Es por ello que un factor disruptivo como traer a adolescentes de 14-15 años a realizar actividades de pintura con una clase de niños de entre 3 y 5 años puede resultar una experiencia fascinante para ambos grupos de edad. Reconocer que pueden divertirse con las mismas cosas, que pueden reír juntos, abre las puertas a ese refuerzo en el aprendizaje de la empatía que puede ser tan benéfico.

Otra estrategia magnífica es integrar niños pequeños con personas de la tercera edad. Esta experiencia (explicada con mayor profundidad en el vídeo que encontrarás a continuación) es sólo un ejemplo más de diversas iniciativas que se llevan a cabo en territorio español, ya sea logrando una colaboración institucional entre una residencia para adultos mayores y la escuela, o invitando asociaciones de jubilados que realicen actividades culturales. Una clase de danza intergeneracional o el hecho de que los adultos mayores lean para los pequeños, sensibilizan a los niños ante el hecho de que hay personas diferentes a ellos, pero que se divierten igual. Verse en los ojos de otro no es sencillo, pero con este tipo de actividades dentro del salón de clases es más fácil incidir positivamente en el aprendizaje de la empatía desde una edad temprana.

Comentarios (1)

  • Me parece excelente , si no veamos la empatía que hay entre niños y abuelos , entre primos de 13 , 16 y de 6 años , caso de mis nietos , me sorprende yme encanta que se comuniquen de manera efectiva , con sus respectivas luchas por imponerse a veces , por su puesto . , invitar a padres hermanos , abuelos a las escuelas , podría ser una actividad muy nutritiva . gracias por compartir

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